“ama al prójimo como a tí mismo”
¿Alguna vez te preguntaste qué hay en tí mismo que merezca ser tomado como la medida del amor?
Un espacio que intenta ser social
“ama al prójimo como a tí mismo”
¿Alguna vez te preguntaste qué hay en tí mismo que merezca ser tomado como la medida del amor?
En una estación de gas:
- Mirá esa 4×4 cargando gas. Qué desperdicio.
- Sí, la clase alta se nos viene encima.
Llama soprendentemente la atención la obsesión de los medios por las caídas de las bolsas de Estambúl (¡volvé Gerardo!), Bangladesh, Letonia, Estonia y Haití; el dólar, el yen, el austral, y ponga-aquí-su-moneda-favorita; pero nadie dice ni “mú” sobre los responsables ¿acaso no los hay? ¿Quién o quiénes son los responsables? ¿no se los juzgará? Porque todo esto no puede ser que se haya dado porque sí. Qué triste, lamentable, horroroso y trágico sería si todo este terrible quilombo lo produjo esa famosa “mano invisible”.
Es como si contaran los muertos sin preocuparse por quién dispara. Solo se prevé más muerte.
- Necesitamos conformar una pieza bella
- ¿Bella en el sentido del diseño? o ¿en la redacción?
- Una característica de la belleza es su unidad.
- cri…cri…cri
Ya Borges habló sobre la voz propia, Carver explicó cómo se escribe un cuento, y Nietszche determinó diez mandamientos para escribir con estilo. Algo bastante peculiar, aunque de ayuda sólo como referencia de lo que se considera estilo en la mente del filósofo fallecido.
1. Lo que importa más es la vida: el estilo debe vivir.
2. El estilo debe ser apropiado a tu persona, en función de una persona determinada a la que quieres comunicar tu pensamiento.
3. Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamente cómo se expresaría de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser sólo una imitación.
4. El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe, pues, inspirarse en una forma de discurso muy expresiva. Su reflejo escrito parecerá de todos modos mucho más apagado que su modelo.
5. La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; También la elección de las palabras, y la sucesión de los argumentos.
6. Cuidado con el período. Sólo tienen derecho a él aquellos que tienen la respiración muy larga hablando. Para la mayor parte, el período es tan sólo una afectación.
7. El estilo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos, no sólo que los piensa, sino que los siente.
8. Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importante es hacer converger hacia ella todos los sentidos del lector.
9. El tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite que la separa.
10. No es sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle el cuidado de formular él mismo la última palabra de nuestra sabiduría.
Igual, hay veces que una linotipia no entra por la puerta. Y qué te queda hacer? Qué podes augurar con los brazos extendidos apoyando las manos en el marco de esa puerta lo suficientemente estrecha como para que vos puedas medir tu tamaño. Pero la linotipia no pasa, no entra, y te das vuelta, no la querés mirar más, ya no. Te alejas unos pasos pero te detienes, te detienes porque sabes que huir de una linotipia es absurdo, es estúpido. Pero toda esta situación, piensas, toda esta situación también lo es: estúpida y absurda. Y giras y la recorres minuciosamente con tus ojos, intentas palpar cada detalle, cada rayadura, los distintos tonos verdosos y el gris de allí y el negro de aquí; la miras, te agachas, la miras, te duela la rodilla, la miras, con tu mano sobre ella. Levantas el rostro y observas la puerta. Buscas cada centímetro del marco con tus ojos, intentando ensancharla. Miras la pared de alrededor, el color blancusco y cochambroso. Sigues mirando hacia arriba, los tres pisos del edificio, y llegas al cielo, y te cuelgas de las alturas. Pero como dos yunques pesan tus ojos, dos yunques que como un imán se posan sobre la linotipia. Y allí está, sentada sobre el suelo, como desentendida de quién es, de lo que sucede. No te mira: no le hace falta porque no le importas. No le importas. Y sientes estremecerse tu nuca y un escalofrío chorrea como sangre por tu espinazo. Te pones de pie, violentamente, con la vehemencia de una convicción radical. Pero no alcanzas a saber de qué te has convencido. No lo sabes. Sujetas la linotipia por los costados, la alzas, das dos, tres, siete pasos para atrás. Mirás la puerta, la miras decidido, confiado, con naturalidad. Y corres hacia ella, sosteniendo a duras penas la linotipia en tu regazo, y al llegar a la puerta chocas contra el marco y caes de espaldas con la linotipia sobre tí, lastimándote, ultrajándote. Sabés que no, que no lo harás. Y te quedas allí, desencajado de tu realidad, con la maquina sobre tí. La noche, el día, qué más da, si estás allí, si sabes que no lo harás, que no, que no.
Venga, tú, que estás leyendo esto. ¿Sabes una cosa? Nada tiene sentido si, justamente, no lo “sientes”. Ya sabemos, por Ortega y Gasset, que cada uno es quién según sus circunstancias. Pero, oye, en el último reducto de tu conciencia está tú, y tú solo. Por eso tienes la capacidad de sentir, porque tú y solo tú sabes lo que moviliza tu corazón. Pero solo no es solitario. El hombre solitario es aquél que sufre de cierta patología ante los demás. La soledad del hombre es el primer paso hacia el sentir común; porque de no sentirnos solos nunca buscaríamos el hombro de otra persona.
Ergo, disfruta de tu soledad, saboréala, abrázala. Encuéntrate en ella. Sólo con nuestra soledad en una mano, y el corazón en la otra, podremos construir una sociedad medianamente humana.
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