Rodrigo siempre fue un poco rellenito y se cansó que desde niño lo molestaran llamándolo “Rodrigo, cara de higo” y, por eso, sin poder apartarse de las rimas que lo definieron, entregó su vida al negocio de los abrigos. Con el tiempo llegó a poner su propio local en la calle Florida. Él, que siempre fue tan solitario, a golpe de rechazos, terminó, gracias a una ironía de la vida, en medio de la calle más transitada del país. A veces, a decir verdad sólo sucedió una vez, cuando un cliente lo saluda a través del escaparate responde al saludo con un violento manotazo en el aire, que más que saludar parece que quisiera alejarlo, alejarse, protegerse de la amenaza del otro. Y se desconcierta. Busca su imagen en el reflejo del ventanal y no se reconoce en ella. Siente que se desdibuja en la multiplicidad de rostros que desde la calle se entremezclan con su imagen, emborronándola, y se siente vulnerable, como un secreto violado, como un niño desahuciado.
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El nombre Alfredo es de un hombre cuya inmensa humanidad no cabe dentro de los 2 asientos del colectivo. Todos los días sufre el mismo problema al subir y bajar. Al descender es peor porque carga con su grandísimo cuerpo usado, por completo transpirado. Se sabe mirado y juzgado, sobre todo cuando trata de recoger sus bártulos y la ignomiosa raya asoma desde lo profundo de su overol caqui. Plomero por necesidad, putea cada vez que le tocan trabajos en esos nuevos departamentos de 2 x 2. “La puta que lo parío y estos arquitectos de mierda”. Le cuesta adaptarse a las nuevas tecnologías, porque mientras éstas disminuyen su tamaño las pobres manos de Alfredo no alcanzan a dar con la pequeña tecla para llamar a su esposa para avisarle que una vez más el bondi se le pasó porque iba repleto.
El nombre Damián habla de un hombre de 30 años que no puede dejar de ser ese adolescente que se quedó con demasiadas trompadas por dar y al que, tal vez, le propinaron alguna más de la que podía soportar. Durante la semana trabaja de peón en una fábrica metalúrgica montando transformadores y los fines de semana trabaja de electricista para la empresa contratada por el gobierno para solucionar los desperfectos de la red pública. Damián trabaja porque debe hacerlo (“¿qué? ¿tenés algún problema?”). Su señora es costurera y remienda las ropas de los del barrio mientras el nene, que ya no le llora, moquea en sus faldas. Por las noches, al llegar a casa, Damián se sienta en la mesa, corta el churrasco, lame el cuchillo y, con él, le indica a su mujer que algún día mandará a todos a la mierda y que le dará al pibe la vida que su padre le dio a él.
El nombre Alberto define a un hombre de 37 años que acaba de renunciar (“Jefe, por favor, tengo una familia que mantener, no me eche…”) a su trabajo de ayudante en una ferretería y que al volver a su casa le explica a sus padres, con los que sigue viviendo por pusilánime, por haber encontrado siempre la excusa perfecta en la que ocultarse de sus miserias, que decidió renunciar.
La madre le acaricia el flequillo y él siente que nadie lo comprende, y su padre se pone de pie y le dice que levante la mesa; y cuando decide ir a acostarse va al baño y ve los cepillos de diente de ellos, de sus padres, y los acomoda dentro de vaso (“acá el de papá, acá el de mamá, acá el mío”) y apreta el tubo desde arriba, manchándose los dedos, y se cepilla con pereza salpicando el espejo. A veces, piensa, a veces soy feliz.
El nombre Juan Carlos está estrechamente vinculado al perfil de un hombre que se resumiría como un fracasado vendedor de seguros de vida, devenido en remisero putañero y estafador, que no se acuerda del cumpleaños de su hija (ya cumplió 13), que posee una barriga en constante expansión que alcanza magnitudes preocupantes (roza ya el volante del viejo Peugeot 504 -todavía no pintó la puerta del acompañante-) y que al emborracharse con Vino Toro, en el cochambroso barcito de la esquina, las palabras que en su beodez repite son: “e’ culiau, si io fuera menos así…” y se queda, con una sonrisa resignada y fútil, mirando la pata de un silla, comida por las termitas, o por el tiempo…
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