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Salvo el crepúsculo

Salvo el crepúsculo es el último libro que Cortázar publicó en vida. Es un diario personal en forma de poesías sin dejar de ser diario. Es maravilloso leer a Cortázar explicando la historia de ese párrafo, de aquella mujer a la que se lo dedicó, de ese poeta que le había impresionado, de lo que extrañaba a Buenos Aires… Y luego el impacto inprevisto de la poesía.

En Salvo el crepúsculo se muestran unos Cortázares que no se advierten en sus otras obras. Y vale la pena conocerlos.

Bolero

Qué vanidad imaginar
que puedo darte todo, el amor y la dicha,
itinerarios, música, juguetes.
Es cierto que es así:
todo lo mío te lo doy, es cierto,
pero todo lo mío no te basta
como a mí no me basta que me des
todo lo tuyo.
Por eso no seremos nunca
la pareja perfecta, la tarjeta postal,
si no somos capaces de aceptar
que sólo en la aritmética
el dos nace del uno más el uno.

Por ahí un papelito que solamente dice:
Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte.

Y este fragmento:
La lenta máquina del desamor
los engranajes del reflujo
los cuerpos que abandonan las almohadas
las sábanas los besos
y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo
ya no mirándose entre ellos
ya no desnudos para el otro
ya no te amo,
mi amor.

El diccionario del diablo

El escritor estadounidense Ambroce Bierce (1842-1914) se caracterizaba por un estilo lúcido, vehemente y corrisivo que le hizo ganarse el apodo de El amargo Bierce (Bitter Bierce).

Precisamente con mucho sarcasmo y humor negro, Bierce escribió un diccionario cuyas definiciones no eran más que críticas a la sociedad y ridiculizaciones de lo políticamente correcto. Esta enciclopedia crítica fue titulada El diccionario del Diablo. El único diablo del diccionario, por supuesto, es el propio Bierce.

A pesar de que el diccionario ya tiene casi un siglo de antigüedad, lo cierto es que muchas de sus acepciones y entradas podrían extrapolarse a la sociedad actual. Así que os dejo con algunas de las definiciones que me han resultado más atinadas:

Timar. v. Tr. Decirle al pueblo soberano que si uno es elegido no robará.

Oportunidad. s. Ocasión propicia para pescarse una desilusión.

Felicidad. s. Agradable sensación que se produce al contemplar la miseria ajena.

Cínico. Adj. U.t.c.s. Canalla cuya visión defectuosa le hace ver las cosas como son, no como deberían ser. De ahí surgió la costumbre que reinó entre los escitas de arrancar los ojos a los cínicos para mejorarles la visión.

Cerebro. s. Aparato con que pensamos que pensamos. Lo que distingue al hombre contento con “ser” algo del que quiere “hacer” algo. Un hombre de mucho dinero, o de posición prominente, tiene por lo común tanto cerebro en la cabeza que sus vecinos no pueden conservar el sombrero puesto. En nuestra civilización y bajo nuestra forma republicana de gobierno, el cerebro es tan apreciado que se recompensa a quien lo posee eximiéndolo de las preocupaciones del poder.

Egoísta s. Persona de mal gusto, que se interesa más en sí mismo que en mí.

Boda, s. Ceremonia por la que dos personas se proponen convertirse en una, una se propone convertirse en nada, y nada se propone volverse soportable.

Batalla, s. Método de desatar con los dientes un nudo político que no pudo desatarse con la lengua.

Amistad, s. Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta.

Bufón, s. Antiguamente, funcionario adscripto a la corte de un rey, cuya función consistía en divertir a los cortesanos mediante actos y palabras ridículas, cuyo absurdo era atestiguado por sus abigarradas vestiduras. Como el rey, en cambio, vestía con dignidad, el mundo tardó varios siglos en descubrir que su conducta y sus decretos eran lo bastante ridículos como para divertir no sólo a su corte sino a todo el mundo.

Belleza, s. Don femenino que seduce a un amante y aterra a un marido

Caaba, s. Piedra de gran tamaño ofrecida por el arcángel Gabriel al patriarca Abraham, que se conserva en La Meca. Es posible que el patriarca le haya pedido al arcángel un pedazo de pan.

Hábeas Corpus, s. Recurso judicial que permite sacar a un hombre de la cárcel cuando lo han encerrado por el delito que no cometió, y no por los que realmente cometió.

J. es una consonante en ingles, pero algunas naciones la usan como vocal, lo que es el colmo del absurdo. Su forma original, que ha sido apenas modificada, era la de la cola de un perro apaleado; en realidad, no era una letra, sino un signo que representaba al verbo latino “jacere”, “tirar”, porque la cola de perro asume esa forma cuando le tiran una piedra. Tal es el origen de esta letra, según lo ha explicado el prestigioso Dr. Jocolpus Bumer, de la Universidad de Belgrado. quien divulgó sus conclusiones sobre el tema en una obra de tres volúmenes en cuarto y se suicidó al enterarse de que en el alfabeto romano la J no tenía cola.

Malechor, s. El principal factor en el progreso de la raza humana.

Ministro, s. Agente de un poder superior con una responsabilidad inferior.

Renunciar, v. t. Ceder un honor a cambio de una ventaja.

Urraca, s. Ave cuya inclinación al robo ha sugerido a algunos la posibilidad de enseñarle a hablar.

Vampiro, s. Demonio que tiene la censurable costumbre de devorar los muertos. Su existencia ha sido disputada por polemistas más interesados en privar al mundo de creencias reconfortantes que de reemplazarlas por otras mejores. En 1640 el padre Sechi vio un vampiro en un cementerio próximo a Florencia y lo espantó con el signo de la cruz. Lo describe dotado de muchas cabezas y de un número extraordinario de piernas, y no dice que lo vio en más de un lugar al mismo tiempo. El buen hombre venía de cenar y explica que si no hubiera estado “pesado de comida”, habría atrapado al demonio contra todo riesgo. Atholston relata que unos robustos campesinos de Sudbury capturaron un vampiro en un cementerio y lo arrojaron en un bebedero de caballos. (Parece creer que un criminal tan distinguido debió ser echado a un tanque de agua de rosas). El agua se convirtió instantáneamente en sangre “y así continúa hasta el día de hoy”, escribe Atholston. Más tarde el bebedero fue drenado por medio de una zanja. A comienzos del siglo XIV un vampiro fue acorralado en la cripta de la catedral de Amiens y la población entera rodeó el lugar. Veinte hombres armados con un sacerdote a la cabeza, llevando un crucifijo, entraron y capturaron al vampiro que, pensando escapar mediante una estratagema, había asumido el aspecto de un conocido ciudadano, lo que no impidió que lo ahorcaran y descuartizaran en medio de abominables orgías populares. El ciudadano cuya forma había asumido el demonio quedó tan afectado por el siniestro episodio, que no volvió a aparecer en Amiens, y su destino sigue siendo un misterio.

Col, s. Legumbre familiar comestible, similar en tamaño e inteligencia a la cabeza de un hombre. La col deriva su nombre del príncipe Colius, que al subir al trono nombró por decreto un Supremo Consejo Imperial formado por los ministros del gabinete anterior y por las coles del jardín real. Cada vez que una medida política de Su Majestad fracasaba rotundamente, se anunciaba con toda solemnidad que varios miembros del Supremo Consejo habían sido decapitados, y con esto se acallaban las murmuraciones de los súbditos.

Barba, s. El pelo que suelen cortarse los que justificadamente abominan de la absurda costumbre china de afeitarse la cabeza.

Acreedor, s. Miembro de una tribu de salvajes que viven más allá del estrecho de las Finanzas; son muy temidos por sus devastadoras incursiones.

Admiración, s. Reconocimiento cortés de la semejanza entre otro y uno mismo.

Complacer, v. t. Poner los cimientos para una superestructura de imposiciones.

Se puede visitar el libro aquí.

Cartas memorables

(Carta de Amadeo Modigliani a Oscar Ghiglia)

Querido amigo:

Te escribo para abrirte mi corazón y para confirmar mis propios sentimientos respecto de mí mismo. Yo mismo soy el instrumento de fuerzas poderosas que nacen y mueren en mí. Quisiera que mi vida sea un torrente fértil que recorra la tierra con alegría. Hasta el momento tú eres el único a quien puedo contar todo; bien, pues ahora soy rico, estoy lleno de ideas y sólo necesito trabajar. Estoy tremendamente excitado, pero se trata del tipo de excitación que precede a la felicidad y que es seguido por una actividad vertiginosa no interrumpida por el pensamiento. (…)
Un burgués me dijo hoy, con intención de insultarme, que mi cerebro estaba siendo desperdiciado. Me ha hecho mucho bien. Deberíamos recibir un recordatorio como ese cada día al levantarnos; pero ellos no nos comprenden, del mismo modo que no comprenden la vida. (…) Adios, amigo mío. Cuéntame cosas sobre ti como yo te las cuento sobre mí. ¿No es ese el significado de la amistad, escribir como uno quiera sobre lo que sea y descubrirse recíprocamente y a nosotros mismos?
Se despide.

Tu Dedo

Amedeo Clemente Modigliani (1884-1920) fue un pintor y escultor italiano, perteneciente a la denominada Escuela de París. Era el arquetipo del artista bohemio: una vida marcada por una mezcla de drogas, alcohol, mujeres, pobreza y enfermedad. En 1917 conoce a Jeanne Hébuterne, una joven de diecinueve años quien será su compañera hasta la muerte. El 24 de enero de 1920, muere de meningitis tuberculosa. Esta carta se la envía a su amigo y pintor Oscar Ghiglia, poco después de empezar sus estudios de pintura en Italia.

Rubem Fonseca

Rubem Fonseca es uno de esos escritores que te queman la cabeza y terminan determinando alguna etapa de tu vida, aunque sólo sea durante unos meses. Pero deja marca. Porque es violentamente bueno, violentamente nuevo, violentamente violento. Como si fuera pariente de John Kennedy Toole o de Cèline…

Sigue vivo. Es brasilero, nació en el 35′; estudio derecho, fue periodista, crítico de cine y sigue siendo escritor. Un genio el tipo. Vale la pena buscarlo y leerlo. Por ejemplo los libros de cuentos El cobrador o Secreciones, excreciones y desatinos. Son geniales. También tiene algunas novelas inprescindibles.

Para el que quiera, transcribo un cuento de él, breve y bastante bueno.

“Llegué a la casa cargando la carpeta llena de papeles, relatorios, estudios, investigaciones, propuestas, contratos. Mi mujer, jugando solitario en la cama, un vaso de whisky en el velador, dijo, sin sacar lo ojos de las cartas, estás con un aire de cansado. Los sonidos de la casa: mi hija en el dormitorio de ella practicando impostación de la voz, la música cuadrafónica del dormitorio de mi hijo. ¿No vas a soltar ese maletín? Preguntó mi mujer, sácate esa ropa, bebe un whisky, necesitas relajarte.
Fui a la biblioteca, el lugar de la casa donde me gustaba estar aislado y como siempre no hice nada. Abrí el volumen de pesquisas sobre la mesa, no veía las letras ni los números, yo apenas esperaba. Tú no paras de trabajar, apuesto que tus socios no trabajan ni la mitad y ganan la misma cosa, entró mi mujer en la sala con un vaso en la mano, ¿ya puedo mandar a servir la comida?
La empleada servía a la francesa, mis hijos habían crecido, mi mujer y yo estábamos gordos. Es aquel vino que te gusta, ella hace un chasquido con placer. Mi hijo me pidió dinero cuando estábamos en el cafecito, mi hija me pidió dinero en la hora del licor. Mi mujer no pidió nada, nosotros teníamos una cuenta bancaria conjunta.
¿Vamos a dar una vuelta en el auto? Invité. Yo sabía que ella no iba, era la hora de la teleserie. No sé qué gracia tiene pasear de auto todas las noches, también ese auto costó una fortuna, tiene que ser usado, yo soy la que se apega menos a los bienes materiales, respondió mi mujer.
Los autos de los niños bloqueaban la puerta del garaje, impidiendo que yo sacase mi auto. Saqué el auto de los dos, los dejé en la calle, saqué el mío y lo dejé en la calle, puse los dos carros nuevamente en el garaje, cerré la puerta, todas esas maniobras me dejaron levemente irritado, pero al ver los parachoques salientes de mi auto, el refuerzo especial doble de acero cromado, sentí que el corazón batía rápido de euforia. Metí la llave en la ignición, era un motor poderoso que generaba su fuerza en silencio, escondido en el capó aerodinámico. Salí, como siempre sin saber para dónde ir, tenía que ser una calle desierta, en esta ciudad que tiene más gente que moscas. En la Avenida Brasil, allí no podía ser, mucho movimiento. Llegué a una calle mal iluminada, llena de árboles oscuros, el lugar ideal. ¿Hombre o mujer?, realmente no había gran diferencia, pero no aparecía nadie en condiciones, comencé a quedar un poco tenso, eso siempre sucedía, hasta me gustaba, el alivio era mayor. Entonces vi a la mujer, podía ser ella, aunque una mujer fuese menos emocionante, por ser más fácil. Ella caminaba apresuradamente, llevando un bulto de papel ordinario, cosas de la panadería o de la verdulería, estaba de falda y blusa, andaba rápido, había árboles en la acera, de veinte en veinte metros, un interesante problema que exigía una dosis de pericia. Apagué las luces del auto y aceleré. Ella sólo se dio cuenta que yo iba encima de ella cuando escuchó el sonido del caucho de los neumáticos pegando en la cuneta. Di en la mujer arriba de las rodillas, bien al medio de las dos piernas, un poco más sobre la izquierda, un golpe perfecto, escuché el ruido del impacto partiendo los dos huesazos, desvié rápido a la izquierda, un golpe perfecto, pasé como un cohete cerca de un árbol y me deslicé con los neumáticos cantando, de vuelta al asfalto. Motor bueno, el mío, iba de cero a cien kilómetros en once segundos. Incluso pude ver el cuerpo todo descoyuntado de la mujer que había ido a parar, rojizo, encima de un muro, de esos bajitos de casa de suburbio.
Examiné el auto en el garaje. Pasé orgullosamente la mano suavemente por el guardabarros, los parachoques sin marca. Pocas personas, en el mundo entero, igualaban mi habilidad en el uso de esas máquinas.
La familia estaba viendo la televisión. ¿Ya dio su paseíto, ahora estás más tranquilo?, preguntó mi mujer, acostada en el sofá, mirando fijamente el video. Voy a dormir, buenos noches para todos, respondí, mañana voy a tener un día horrible en la compañía”

Más nadas

“Nada, realmente nada, pero sucede que nada más nada no da nada sino que a veces da un poquito de algo”

Julio Cortázar

Quizás Julio se refería a lo que yo pensaba justo antes de leer esa frase, que después de tanta nada en esta vida de nada, probablemente haya un algo posterior.

No sé.

Joyas Cortazarianas

Quizás, a lo mejor, esto se convierta en costumbre.

Vietato introdurre biciclette
de Julio Cortazar (Material Plástico; en Historias de cronopios y famas)

En los bancos y casa de comercio de este mundo a nadie le importa un pito que alguien entre con un repollo bajo el brazo, o con un tucán, o soltando de la boca como un piolincito las canciones que me enseñó mi madre, o llevando de la mano un chimpancé con tricota a rayas. Pero apenas una persona entra con una bicicleta se produce un revuelo excesivo, y el vehículo es expulsado con violencia a la calle mientras su propietario recibe admoniciones vehementes de los empleados de la casa.

Para una bicicleta, entre dócil y de conducta modesta, constituye una humillación y una befa la presencia de carteles que la detienen altaneros delante de las bellas puertas de cristal de la ciudad. Se sabe que las bicicletas han tratado por todos los medios de remediar su triste condición social. Pero en absolutamente todos los países de esta
tierra está prohibido entrar con bicicletas. Algunos agregan: “y perros”, lo cual duplica en las bicicletas y en los canes su complejo de inferioridad. Un gato, una liebre, una tortuga, pueden en principio entrar en Bunge & Born o en los estudios de abogados de la calle San Martín sin ocasionar más que sorpresa, gran encanto entre telefonistas
ansiosas o, a lo sumo, una orden al portero para que arroje a los susodichos animales a la calle. Esto último puede suceder, pero no es humillante, primero porque sólo constituye una posibilidad entre muchas, y luego porque nace como efecto de una causa y no de una fría maquinación preestablecida, horrendamente impresa en chapas de bronce o de esmalte, tablas de la ley inexorables que aplastan la sencilla espontaneidad de las bicicletas, seres inocentes.

De todas maneras, ¡Cuidado, gerentes! También las rosas son ingenuas y dulces, pero quizá sepáis que en una guerra de dos rosas murieron príncipes que eran como rayos negros, cegados por pétalos de sangre. No ocurra que las bicicletas amanezcan un día cubiertas de espinas, que las astas de sus manubrios crezcan y embistan, que corazadas de furor arremetan en legión contra los cristales de las compañías de seguros y que el día luctuoso se cierre con baja general de acciones, con luto en veinticuatro horas, con duelos despedidos por tarjeta.

Sobre el acto de escribir

Hurgando en viejos papeles (aunque ya no son “viejos papeles”, ni “cajones olvidados” ni un “baúl en el desván”, sino carpetas olvidadas en el disco extraíble, un documento perdido en la carpeta de música, etc) encontré un extracto del famoso texto de Borges sobre el acto de escribir. Aquí va.

“Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. En el caso de un poema, no: es una idea más general, y a veces ha sido la primera línea. Es decir, algo me es dado, y luego ya intervengo yo, y quizá se echa todo a perder. En el caso de un cuento, por ejemplo, bueno, yo conozco el principio, el punto de partida, conozco el fin, conozco la meta. Pero luego tengo que descubrir, mediante mis muy limitados medios, qué sucede entre el principio y el fin. Y luego hay otros problemas a resolver; por ejemplo, si conviene que el hecho sea contado en primera persona o en tercera persona. Luego, hay que buscar la época; ahora, en cuanto a mí eso es una solución personal mía, creo que para mí lo más cómodo viene a ser la última década del siglo XIX. Elijo si se trata de un cuento porteño, lugares de las orillas, digamos, de Palermo, digamos de Barracas, de Turdera. Y la fecha, digamos 1899, el año de mi nacimiento, por ejemplo. Porque ¿quién puede saber, exactamente, cómo hablaban aquellos orilleros muertos?: nadie. Es decir, que yo puedo proceder con comodidad. En cambio, si un escritor elige un tema contemporáneo, entonces ya el lector se convierte en un inspector y resuelve: “No, en tal barrio no se habla así, la gente de tal clase no usaría tal o cual expresión.” 
    El escritor prevé todo esto y se siente trabado. En cambio, yo elijo una época un poco lejana, un lugar un poco lejano; y eso me da libertad, y ya puedo fantasear o falsificar, incluso. Puedo mentir sin que nadie se dé cuenta, y sobre todo, sin que yo mismo me dé cuenta, ya que es necesario que el escritor que escribe una fábula por fantástica que sea crea, por el momento, en la realidad de la fábula.”

Verdad

“Que la verdad no exista,

no es excusa para renunciar a ella”

Norberto Cháves, Desafueros.

La perdiz como complemento de felicidad

Ese sería el título de un tratado que nunca escribiré. Comenzaría explicando desde qué tiempo la perdiz (puntualmente “las perdices”) forman parte del imaginario popular, a tal punto de ser complemento de toda felicidad: “fueron felices y comieron perdices”.  En el capítulo I, página 1.235, se discutiría en qué sentido el vuelo frenético e impulsivo de la perdiz se relaciona con la búsqueda de la verdad por parte de los hombres. En el capítulo II, página 3.547, se analizaría el silbido que produce este animal al elevarse fugazmente y en qué medida impacta sobre la conciencia histórica de varones y, por supuesto, mujeres. Ya en el capítulo VIII, página 9.763, se argumentaría a favor de la discusión sobre si las perdices poseen propiedades afrodisíacas, ya que siempre, la idea de felicidad que acompañan es la que tiene el amor como protoganista. 

En el anexo XIV se haría mención a la antiquísima frase “no levantes la perdiz” exponiendo que  fue acuñada una noche de clandestinidad por un Romeo que le decía a Julieta: “July, no levantes la perdiz que si me ven me cortan la cabeza”

Con la compra del libro regalaría 3 perdices, para que la comprobación de las hipótesis vertidas en el libro se realicen empíricamente.

COLD IN HAND BLUES

y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo

Alejandra Pizarnik