Solos, muy solos.

Ya sabemos que el hombre se distingue de los animales por la capacidad de articular pensamiento. Ese pensamiento genera preguntas, dudas, que la mayoría de las veces quedan sin repuestas comprobables. Una de estas preguntas es la fundamental: ¿por qué vivimos, o mejor, por qué muero? El hombre es el único ser vivo que tiene conciencia de su propia muerte. Y esto demuestra la precariedad de nuestra existencia, lo fugaz de nuestra vida, por qué me empeño en vivir, si a fin de cuentas mi contribución al mundo será mínima. Ergo, diseño una series de respuestas que hagan más llevadera esta transitoriedad endémica, esta inseguridad fatal: el cielo, la nación, la familia, el iphone, etc. El hombre necesita trascender, necesitamos creer que más allá de nuestra muerte algo quedará vivo; sino, nuestra vida estaría plena de angustias, de ansiedades, viviríamos distráyendonos con causas superfluas, como dejar de fumar, o ser más flaco.

El problema real, es que las causas por las cuales moriríamos ya no convencen: ni el cielo, ni la nación, ni la familia parecen ser hoy en nuestra sociedad merecedoras de nuestra trascendencia. Quedamos desprovistos, más solos que nunca en el mundo, y eso da miedo. Por eso es tan difícil hacer política. No hay causas comunes (las que parecen serlo son solo “intereses privatizados”), ¿por qué voy a comprometer mi existencia a un proyecto de nación cuando ésta ni siquiera existe, o sucumbe ante los feroces procesos de globalización? ¿por qué voy a construir una familia si antes que nazca mi primer hijo posiblemente me haya cansado de la relación y decida empezar una nueva?

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