El infierno de un grande

A mitad de 1984 apunta en su diario: “Estoy enfermo y, a mis ochenta y cinco años, merezco marcharme. Mis coetáneos deben de pensar lo mismo, puesto que proliferan los panegíricos” (8 de junio). Si en sus novelas abordó la traición y la pasión amorosa, aquí primará la fidelidad y el temor a perder a la mujer amada. Siente devoción por su esposa, con quien ha pasado los últimos 60 años, en que las penurias no han faltado (en 1939 tuvieron un hijo, Kristófka, que murió poco después). El 31 de diciembre, anota que su mujer debe operarse: “Si la muerte nos llegara a la vez , juntos, sería el mayor regalo para los dos”. En abril del año siguiente comienza la debacle: Lola (la menciona como L.) se cae y se rompe el brazo, los cuidados le consumen todo el día. En noviembre, los médicos deciden trasladarla a una institución para enfermos terminales. Tiene cáncer. “Irnos juntos, sin dolor, es mi última esperanza” (11-11-1985). “Si se va, ya nada tendrá sentido” (21-11-1985). El 4 de enero de 1986, anota. “L. ha muerto”.

Silencio. Sólo escribe más de un mes después: “La furia. Nada de enternecerse, de meditar. Sólo la furia. A veces bramar de pura rabia. Porque ha muerto. Enfurecido con el médico porque no pudo ayudarla. Enfurecido con Dios (si existe) porque tampoco la asistió, y enfurecido con Dios (si no existe) porque no existe cuando se necesita su intervención. Enfurecido con la gente, porque no la ayudó. Enfurecido conmigo, porque no fui capaz de hacer algo más. Enfurecido con ella, porque murió” (20-02-1986).

entonces comienza a doblarse bajo el peso de los recuerdos y de la soledad. Está completamente solo. Únicamente János, su hijo adoptivo -durante la guerra, él y su mujer se hacen cargo de un niño que llegarían a adoptar-, lo visita.

El 23 de abril de 1987 comienza: “János ha muerto”. Una trombosis, a los 46 años. Lo siente como “un puñetazo en el pecho”, como un insulto. “Ya no quiero escribir ni vivir, sólo irme en paz. Sería un gran regalo no despertarme más”. En junio: “Ahora vuelvo a escribir, como un condenado a muerte que, mientras espera la ejecución, graba con las uñas unos pocos signos en la pared”.

La última frase de la última anotación de Sàndor Márai, de 15 de enero de 1989, dice: “Ha llegado la hora”. Luego tendrá lugar un encuentro largamente esperado, su último encuentro. El 21 de febrero se pegó un tiro.

Gracias a Apostillas literarias

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