En el país de los sordos

Al Gobierno se lo acusa, generalmente, de no propiciar el diálogo, la comunicación, la negociación. Pero el problema es estructural, no de un cerrado círculo partidario.  Nadie escucha a nadie. No hay voluntad comunicativa. Somos energúmenos en disputa por el grito más fuerte.

Los empelados gritan sus reclamos, el empresariado grita sus excusas. El “campo” violenta las rutas, el “gobierno” se tapa las orejas, cierra fuerte los ojos y como infantil de 8 años vomita alaridos.  No nos vemos, no nos escuchamos, no hay nada en común, somos todos un grito que cae al vacío, a la nada.  La realidad es tan vertiginosa que marea y tan estruendosa que aturde. 

La política debería buscar su sustento en el amor, como lo imaginaron los Humanistas del siglo XVI. Se los podrá acusar de ingenuos, pero no de cobardes, al menos tuvieron el valor de soñarlo.

2 Responses to “En el país de los sordos”


  • Yo los llamaría fundamentalistas del Cambalache. Sus mandamientos se basan en lo que el profeta Quique Discépolo escribió hace ya tantos años atrás.

    Esa fe tan ciega en el Cambalache hace que sea dificilísimo cambiarlos de rumbo.

  • Si, es cierto.
    Todo es una gran inmundicia. Lo nuevo en mi es la desesperanza, el descreimiento.
    Es una pena, una verdadera pena.

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