La idea como forúnculo

Hay veces en las que un concepto, una idea, se adhiere a mi intelecto como una garrapata, un tumor o un forúnculo, y no me encuentro capaz de quitármela. Y mientras ese concepto, ese parásito, me habita, me siento un otro, enajenado. No peor ni mejor, no logro hacer esa discriminación: simplemente me reconozco como otro, la refracción de un alma distante e impalpable, como la de un siervo francés del siglo XIV que por las noches no logra dormirse; como el alma de un gondolero veneciano en el siglo XVI que teme a las orillas y daría su vida por seguir remando y remando, alejándose de las estrechez de los canales; como el alma de un pastor del siglo XVIII en duermevela, encerrado en los cerros jujeños.
Y poco a poco, día a día, esa idea va perdiendo vigor —o quizás es mi pánico, el susto que me provoca, la angustia que importa con su novedad, lo que va retrocediendo— y a rastras vuelvo a mí, de a poco, con precaución, tanteando a este que soy y que conozco, mediocre o no, pero desde el que puedo mirar hacia arriba.

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