El mundo estalla en millones de segundos, como cristales en el aire, deshaciendo esta realidad tan gastada e infame y convirtiéndola en nada. En esa nada estoy yo. Todo se derrumba. Todo deja de ser. Mi mirada, desde mí, inventa, mejor dicho crea, todo lo que ve. Y lo único que alcanza a percibir es esta alma, este espíritu inquieto, desahuciado, anhelante, que me posee y me doblega. Todo se cae, hombre, nada sigue siendo. Que no te seduzca la irrealidad con la mentira de que tú no caíste. Estás en el abismo, cayendo, cayendo, cayendo, y lo que ves es lo que imaginas o deseas. Pero ya no existes. Nada de lo que eres, posees o crees vale nada. Eres fugacidad, delirio inconsciente en un sueño que nadie jamás recordará. La nada, ese vestido tan ceremonioso, te sienta demasiado bien. En él terminarás, lo sabes, lo sabes. La nada. Quizás ese sea tu nombre. La nada. Ahí estarás, eso serás, cuando te des cuenta de que toda esta realidad no es más que una fantasía, un absurdo montaje de un perturbado intelecto que lleva el sello de tu identidad. Nada.
Pero no te preocupes, allí estarás mejor.
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