En la feria de las pulgas (ese lugar donde venden cosas que uno no necesita y está rodeado de gente que tampoco necesita) un señor toca el violín; adelante de él, su puestito con dos o tres violines:
- ¿Qué tal maestro, vende los violines? ¿Sí? ¿Cuánto cuestan?
- Y, tenés de $ 1.000 para arriba. Este que estoy tocando, que es un buen violín, cuesta unos $ 1.800
- Mire usted qué precios. ¿Y es difícil aprender?
- Mirá, foclore es fácil, folclore, ¿eh? (toca brevemente la “Cicharra cantora”) Ahora lo demás, es díficil. Muy difícil. Yo hace 20 años que toco y no puedo sacar la partitura esa que tengo ahí.
- Ahh, pero ¿muy difícil?
- Mirá querido. Acá tenés que ver primero que este palito no se mueva, y no sabés cómo se te mueve. Después le tenés que dar a la nota con los dedos de la mano izquierda y despúes tenés que saber darle a las cuerdas. La verdad que no te lo recomiendo.
- ¿Usted los hace?
- Si querido, yo los hago.
- Gracias maestro.
- De nada querido, de nada.
El problema que tengo con regalar libros es que siempre salgo perdiendo. Cada vez que pienso en algún título que puede interesarle a la persona en cuestión yo también lo quiero. Así, siempre, termino gastando el doble.
Y regalar un libro que yo ya leí sería muy soberbio de mi parte; y pensar en otra cosa que no sea un libro demanda mucho esfuerzo mental que no estoy dispuesto a asumir.
Por lo tanto estoy condenado o bien a gastar el doble o bien a una constante frustración. Se lo mire por donde se lo mire.
El nombre Damián habla de un hombre de 30 años que no puede dejar de ser ese adolescente que se quedó con demasiadas trompadas por dar y al que, tal vez, le propinaron alguna más de la que podía soportar. Durante la semana trabaja de peón en una fábrica metalúrgica montando transformadores y los fines de semana trabaja de electricista para la empresa contratada por el gobierno para solucionar los desperfectos de la red pública. Damián trabaja porque debe hacerlo (“¿qué? ¿tenés algún problema?”). Su señora es costurera y remienda las ropas de los del barrio mientras el nene, que ya no le llora, moquea en sus faldas. Por las noches, al llegar a casa, Damián se sienta en la mesa, corta el churrasco, lame el cuchillo y, con él, le indica a su mujer que algún día mandará a todos a la mierda y que le dará al pibe la vida que su padre le dio a él.
Fin de año es como la ronda de recuento en el T.E.G. Todo el mundo evalúa cuánto perdió, cuánto ganó y a qué se le dedicarán más fichas el próximo año.
El nombre Alberto define a un hombre de 37 años que acaba de renunciar (“Jefe, por favor, tengo una familia que mantener, no me eche…”) a su trabajo de ayudante en una ferretería y que al volver a su casa le explica a sus padres, con los que sigue viviendo por pusilánime, por haber encontrado siempre la excusa perfecta en la que ocultarse de sus miserias, que decidió renunciar.
La madre le acaricia el flequillo y él siente que nadie lo comprende, y su padre se pone de pie y le dice que levante la mesa; y cuando decide ir a acostarse va al baño y ve los cepillos de diente de ellos, de sus padres, y los acomoda dentro de vaso (“acá el de papá, acá el de mamá, acá el mío”) y apreta el tubo desde arriba, manchándose los dedos, y se cepilla con pereza salpicando el espejo. A veces, piensa, a veces soy feliz.
Y bueno, peor es masticar lauchas…
Al escribir estas líneas me estoy privando de la oportunidad de callarme la boca.
18 de marzo de 1984
“Hoy hace cuarenta años que celebramos una cena en mi casa de la calle Mikó con ocasión de mi santo. Por entonces la vida seguía tranquilamente su curso: teníamos dos criadas y vivíamos en un piso grande. Se puso la mesa como corresponde en tiempos de paz, con la plata y la porcelana; todo como debe ser. Los invitados se marcharon y quedó la familia: mi madre, la tía Juli, mi cuñado Gyuszi, mi cuñada Tuci y Alice Madách. Mis hermanos vivían aún. Pero esa misma noche las tropas nazis ocuparon Budapest. Todo quedó roto: la vida, el trabajo, Hungría, el viejo orden y también el desorden. Una ruptura total. Yo tenía cuarenta y cuatro años, acababa de salir de una grave enfermedad. Dos semanas más tarde fuimos a vivir a Leányfalu, al exilio, con perros y criadas. Empezó el bombardeo de Budapest; el último día del sitio la casa sufrió treinta y seis cañonazos y explosiones de bomba; resultado: destrucción completa. La mitad de mi vida quedó allí. Entonces empezó el segundo round: la peregrinación a través de varios continentes. Hoy hace cuarenta años que se destruyó el yo que fui y cobró forma ese otro que soy en la actualidad. El mismo que ahora se desmorona.”
Sándor Márai. Diarios 1984-1989 (Salamandra)
(El último encuentro, de Sándor Márai, es un libro inprescindible en la vida de cualquiera, sea como sea.)

Portada del diario Clarín de ayer
¿Qué pasará en nuestro país? Si el tipo que maneja el poder en la Argentina puede decir, con total impunidad, todas estas cosas que dijo, ¿qué podemos esperar que haga cuando se olvide de tomar una mañana la pastilla o le agarre un arrebato paranoide? A veces siento miedo…
Reflexiono y descubro que los medios podrían hacer algo más, no sólo comunicarlo. Los medios de la Argentina son tan capaces de destruir un gobierno como de formar uno nuevo. Ahora bien: ¿sería bueno que lo hicieran?
La represión no es otra cosa que una falta de fidelidad hacia uno mismo y, más ignominioso aún, una falta de respeto hacia el otro.
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