Por Mano
Cuando Julio Cortázar se acercó al registro Civil de Buenos Aires, sobre la calle Uruguay, para inscribir aquello que había dado a luz, aún no se había decidido por el nombre. Me dijo que tenía varias opciones pero que no se decidía por ninguna y me preguntó si yo tenía alguna sugerencia. Le dije que sí, que se me ocurrían varias posibilidades más acertadas que las que él proponía. Sin embargo, aquel taciturno hombre no me prestó atención y decidió, un tanto tímido, desestimar mi opinión: “Sabe qué vamos a hacer -me dijo- inscríbalo como ‘Cronopio’. Sí, ‘Cronopio’”. Intenté hacerlo entrar en razón: “Pero señor Cortázar, ¿le parece? ¿Por qué no lo piensa un poco más? Mire, ‘Azófula’ es mucho más atinado, deja un resabio en la boca como de zapallo o de refutación… Además, es un término más cosmopolita, una palabra que juega a la rayuela arrojando su fonética, como si fuera una piedrita, entre meridianos y husos horarios, Vamos, ¿a quién no le gustaría llamarse Azófula?” “¿Y Cronopio no es un término universal?” “No, señor Cortázar, Cronopio es tan internacional como el mapuche o el comechingón” Entonces, llegado este punto, Cortázar me desafió a que le fundamentara mi hipótesis: “Usted verá:
Declinaciones Latinas:
azofulae
azofulum
azofulorum
azofulus
azofuble, en inglés
burstembawem, en alemán
scornicht, en danés
ceisteisiev, en croata
achofuli, en italiano
azofulé, en francés
zurfuntov, en ruso
zofunamaracali, en griego
eirsftndiet, en eslovaco
azofuanamacarí, en guaraní
ezofulet, en catalán
etchozutket, en Eusquera
Zoufreim, en celta
zofu-le-eam, en quechua
zofulele-ledalee, en kanyano
zafolunmkan, en turco”
Me miró a los ojos, dejó de encresparse su barba, y me dijo: “Cronopio. Hasta luego.” Cuando estaba por cruzar el portón de salida, con los rayos de sol, como etereas nubes de napalm, lamiéndole la punta de sus zapatos, alcancé a gritarle: “Hasta luego, Cronopio”
Para mi, Azofula es mucho mas apropiado. Azofula tiene sentido, nada mas correcto que Azofula.
Gracias Mano por las Azofulas
Se vemo
Recuerdo una grata noche, sobre mi pequeño y agujereado cayuco remontando el río Toobuké, en las lejanas estepas de Senegal, cuando una traviesa azófula comenzó a picarme por la entrepierna, tímidamente, para luego dispersarse como una incierta neblina por aquel inolvidable sueño que me estaba soñando.