Resulta natural que uno tienda a admirar a Juanqui y sucumba ante la rotunda evidencia de su grandeza. Sería contraproducente comenzar a enumerar sus dones. Y me doy cuenta de que si quisiera hacerlo, no podría: lo más maravilloso que él posee es aquel ángel que se ríe a carcajadas desde su mirada cuando te mira. Es una vibración muy peculiar que se genera ante su presencia que te hace sentir bien, sereno, amado. Y aquella vibración es producto de la potencia que implosiona en su corazón, que no la puede sosegar e irrumpe hacia la realidad que lo rodea. Y no hay nada más maravilloso que formar parte de esa realidad.
En este momento, en este instante, Juanqui se está casando. Y desde este lado del mundo lo extraño. Percibo que me siente cerca; pero no estoy con él.
Y que se esté casando me lleva a ratificar mi admiración hacia él. Encuentro su decisión de casarse como una ostentación de cojones. Hoy en día -por tantas causas que huelga pronunciar-, ya nadie abre camino, nadie se apodera de un destino virgen. Se camina sobre huellas. En la actualidad el matrimonio está defenestrado, devaluado, y perdió cualquier autoridad o prestigio. Nos lo fundamenta la generación que está sobre nosotros. ¿A cuántos matrimonios conocen que sigan juntos después de una vida o que, siguiendo juntos, aún se amen, se respeten, busquen la felicidad y el crecimiento individual del cónyuge? Pocos, poquitos. Casarse hoy en día con 26 años es revolucionario. Más de uno lo debe haber prevenido o intentado disuadir, o al menos lanzarle algún comentario sobre la inconciencia que significa. Y es comprensible: ya nadie cree en el amor para toda la vida, el cortoplacismo fulminó los ideales. Y junto con los ideales, el romanticismo quedo obsoleto, abyecto. Es peligroso o arriesgado comprometerte a los 26 años para toda la vida a amar cada vez más a la misma persona y a perfeccionar siempre un poco más ese amor; a derramarlo a los hijos, a los amigos, a la familia…
Siempre es difícil y doloroso abrir camino, andar sólo por una senda nueva, un poco a contracorriente, enarbolando un sueño, un ideal, como pasaporte a una felicidad que se encuentra un poco más allá de la que se ve a la vuelta de la esquina.
Me consuela -al pensar que en este momento no estoy con él- imaginar que quizás no puedo estar diciéndole ésto al oído porque yo también me tuve que ir lejos buscando un ideal.
0 Responses to “Apología de Juanquillo”