Por Gerardo de Estambul.
Nota Preliminar: Se lee despacio. Si no se tiene tiempo, se recomienda estar apurado en otras cuestiones.
La especie humana se sustenta en un trinomio fundamental, en aquella trinidad que establece las fronteras de lo que es: el entendimiento, el espíritu y el cuerpo. El hombre posee el dominio de su intelecto y puede decidir la senda que desandará su espíritu; no obstante, el cuerpo nos ancla a la naturaleza, a las limitaciones de la carne y nos abre a un abismo infinito.
Está en las manos de cada persona establecer cuánto aprenderá en la vida, con cuánto ahínco cultivará su intelecto, de determinar los conocimientos en lo que desea especializarse o, simplemente, en qué pensar hasta que el autobus lo deje en su destino. Por otro lado, el hombre puede ir a misa los domingos, invocar al diablo en el sótano de su casa, ir en procesión a la Mezquita o fundar un culto inédito al dios que se le antoje. Sin embargo, con respecto al cuerpo -la carne, nuestra animalidad-, es relativamente poco lo que podemos decidir (sin mencionar que ni siquiera lo hemos elegido), acaso sólo cuestiones estéticas y de prevención.
El famoso pensador Eusebio Mondattore -filósofo, arqueólogo, periodista, gurú de la sociología y futbolista- sostiene en su último trabajo: “Observas cómo tu cuerpo comienza en su mecánica animal a someterte, a doblegarte. Adviertes que algo dentro de él toma vida, con poder soberano, intentando deshacer la forma original en otra inusitada que responde a misteriosas fuerzas interiores; los músculos se contraen por voluntad de aquello que te posee, las extremidades se te hacen ajenas en sus imprevisibles movimientos. Se desborda de sí mismo arrojándote fuera de él a un abismo de locura, de soledad, de impiedad” (1). Antes, en el prólogo de aquella obra, dice: “Qué más da el culto que alguien profese o si desvive su vida como ingeniero o agricultor: lo que el hombre realmente desea y a lo que realmente teme es al cuerpo. Por eso la Medicina se ha convertido, desde tiempos inmemoriales, en la religión que más fieles congrega, fieles que, de una u otra manera, le entregan sin mezquindad ni pudor su vida entera. Es, sin temor a equivocarme, el culto más complejo y profundo que el hombre haya podido idear.”(2).
En una epístola enviada por Estanislao Bustamante desde Las Vegas a su albacea espiritual, Arnoldo Roque -Prelado de la Iglesia Maradoniana-, se lee: “Lo que erige y define una religión no son sus fundadores sino sus creyentes. Son ellos quienes, en definitiva, forjan su doctrina. Hablar de Medicina es hablar de religión, tanto como de la católica o la judía; más sabiendo que es anterior a éstas y de una riqueza ritual ampliamente superior (dudo que algún credo la supere). Lo que las personas han hecho -desde que se tiene noticia de ellas- ha sido rendir culto, con temor, piedad y respeto, a la Medicina y sus ministros. Si quieres ahondar más en este tema, te animo a que leas las obras de Eusebio Mondattore, amigo y maestro”(3).
Ya Apóclotes sostenía que el culto a dioses había nacido cuando el hombre se percató de que era más sencillo ofrendar su alma a misterios y enigmas insondables que centrarse en la rotunda realidad de la naturaleza, lo que nos hace evolucionar. Aseveró que la fe era un escapismo, tan sólo el consuelo que tenemos las personas luego de haber estado demasiado tiempo con los hombres.
Sobre la semejanza -tanto a nivel simbólico como dogmático- de la medicina con la religión, es abrumadora la cantidad de material que se puede hallar. Sin embargo, pocas frases son tan elocuentes como las escritas por un epidemiólogo -ex misionero jesuita- en su diario íntimo, luego de la catástrofe de Nueva Orleáns, en Estados Unidos, en las que comenta que la Medicina es la única religión carente de fe y que no cree -dice el científico- que haya religión más radical y perfecta que ésta. De hecho, afirma que es interesante observar cómo los demás cultos le han ido copiando tradiciones, costumbres, maneras y ritos, como la confesión y el sacerdocio, y expone que aquello no es sino una confirmación de que las religiones son hijas, en todos los sentidos, de la Medicina, aunque menos evolucionadas (4).
Se dice que una noche, luego de haber reconquistado su imperio, Alberto El Grande se dio vuelta y dijo a quien tenía a su lado: “La libertad no existe, siempre vamos a estar encerrados en lo que somos y en lo que no podremos ser”.
1) Eusebio Mondattore. Los lampistas también son hombres. Barcelona: Editorial del Gremio; 2004. p. 843.
2) Idem. p. 56.
3) Estanislao Bustamante. Cartas a un joven profeta. En: Antología Epistolar. Estambul: Editorial Nigromancia; 1988. p. 221.
4) Ashton Borstender. Diarios privados. New York: Editorial Housen; 2002. p. 199.
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