Por Mano (una sucursal del corazón de este autor en otro cuerpo)
Hablar de la muerte es tan difícil como hablar del amor. Pero no hago referencia a su insondable enigma, a su misterio inalcanzable, a su caprichoso proceder; me refiero a que, con lo poco que somos como seres humanos y el limitado alcance de nuestro minusválido intelecto, sólo podemos hablar de ella arrojando los mismos conceptos una y otra vez y, además, con las mismas frases y palabras que de tan erosionadas han perdido su significado real. Todo aquello que concebimos como muerte no es más que un manojo de ideas delineadas por la sociedad y el momento cultural en que vivimos. Cuando alguien dice, por ejemplo, que vivir es ir muriendo de a poco, o que la muerte es parte de la vida, tales enunciados nos resbalan por algún rincón del cerebro y ponemos gesto adusto y cara de filósofo griego sin tener la mínima noción de lo que se escucha. Es necesario realizar una reflexión y ahondar en ese concepto y darse cuenta de la realidad tremenda de ese significado. Si realmente lo entendiéramos y no nos quedáramos con el concepto superficial, habría, sin duda, un cambio radical en el funcionamiento global de la sociedad. Pero el problema no es sólo ese. Al ser una realidad tan cotidiana -la muerte- se hace difícil darle la magnitud e importancia que realmente posee. La vemos todos los días en situaciones variadísimas y de formas diversísimas. Y nos acostumbramos a ella. Pero no a la muerte, no, nos acostumbramos a otro concepto: el de la otra muerte, la muerte ajena, la de los otros. Por eso, sin saber por qué, nos dolemos cuando alguien muere. Esa es la única muerte que existe y es la muerte más vulgar, la que sólo se ocupa de los desafortunados o de los desgraciados o de los culpables… La muerte propia, simplemente no existe. El hombre no está preparado para comprenderla, ni siquiera para asumirla. Motivos suficientes para declarar que su existencia es una falacia y que no hay tal cosa en la realidad humana (su inutilidad ya está demostrada desde que las sociedades se volvieron ignorantes, allá por el siglo en que fuimos creados).
Coincido totalmente con lo que decís y de verdad te agradezco que lo hayas escrito para este incipiente blog. Me interesó particularmente el concepto de la muerte ajena; esto me parece que tiene que ver con el conocimiento humano, que en su mayoría está basado en la experiencia. Al ser la muerte algo que nadie vive, no la conocemos en su aspecto más fuerte, que es el vivencial; por esto las representaciones que de ella tenemos son incompletas. Podemos pensar, inferir (hasta ahí) de que se trata, pero siempre en base a la experiencia ajena. Cuando alguien habla de la muerte (del dolor que se sufre, sobre todo) lo hace en relación a otro; o mejor, es alguien vivo que sufre la muerte.
Otro punto que me interesó es el resultado que planteás que tendría si asumiéramos el profundo significado de la muerte. Este punto dispara el tema de la trascendencia; qué hay después de la acción vivida. No solo en términos religiosos, sino me interesa desde el punto netamente humano.
El asumir la vida hacia la muerte creo que sería un paso hacia la revalorización de lo que hacemos. A lo que voy es que si en vez de preguntarnos, por qué vivimos nos preguntáramos “por qué morimos” la reflexión adquiere otros niveles, más amplios, más humanos.
Tal es mi aporte, otra vez gracias por ayudarme hacer este blog un poco más pensativo y reflexivo.
Mano habla de la muerte, y explica lo que se siente ante la muerte ajena, concepto que no puedo aceptar, porque dentro de las muertes ajenas que el Negro imagina puede representarse la mia, lo que llevaria a que estemos hablando de una muerte propia, y la verdad que la idea no me causa gracia y mucho menos a ustedes, ya que mi muerte significaria mi ausencia fisica total, hecho que le restaria sentido a las vidas de todos ustedes acercandolos a una muerte colectiva. Eso seria grave.
Se vemo
jajaja Santela: estuviste brillante! Sos un grande.
Pero te equivocaste, asumiste algo de primeras y caiste en error. ¿Por qué pensaste que tu muerte iba a ser ajena a mí y a Juanqui, que iba a ser “otra muerte”, como si se muriera otro pobre niño en Bagdad (que de tanto oir esas muertes ya nos acostumbramos y nos chupan huevo a todos)? No, Santela, Tu muerte, la de Juanqui y la mía es una sola muerte, una sola exalación, un solo peregrinar al más allá… (Y cuando estemos los tres, desplazándonos en alma por los aires del Olimpo acercándonos más y más a Dios, pongo las manos en el fuego a que en ese momento, Santela le va a tocar el culo a Juanqui, me va a meter la pata a mí…)